Bienvenidos al Blog de las salas cajón desastre y aventura de vivir de Ozú. Desde hace tiempo nos rondaba por la mente la idea de tener un sitio de encuentro, una referencia más allá de nuestras salitas, un lugar sobre todo para compartir esos "pequeños momentos" de los que se compone cada día.

En este “cajón desastre” todo tiene cabida: fotografía, música, literatura, cine... pretendemos sobre todo aprender los unos de otros y entre todos crear algo diferente que nos sirva de complemento y entretenimiento.

Por eso os invitamos a que participéis con comentarios y sugerencias. Gracias de antemano a todos y ¡Bienvenidos!

Mostrando entradas con la etiqueta Articulos de opinion. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Articulos de opinion. Mostrar todas las entradas

viernes, 8 de junio de 2012

LA VANGUARDIA EMBALSAMADA



Resulta muy difícil, casi imposible, encontrar un mercado más esnob, fraudulento, especulativo, inflado y cínico que el mercado del arte actual. El mismo respeto interesado con la que los participantes de la lujosa y económica feria del arte hablan de ella es una clara muestra de lo que acontece en ese ámbito. Un mercado instalado como una pieza más del salvaje capitalismo financiero levantado en las últimas cuatro décadas para entronizar la especulación más abyecta y que se ha constituido en Estados Unidos y Europa en la principal amenaza de la sociedad de bienestar. Una economía sustentada por los bancos, que actuan en su seno como oportunistas negociadores, especuladores privilegiados y operan, a su vera, como inclementes desmanteladores de la vigencia del Estado social.

Para el artista entrar en el mercado del arte y su noria especladora le interesa más que nada, no hay duda. Posibilita ser partícipe del millonario y azaroso juego de la ruleta de la fortuna que allí se desarrolla. Mostrar la propia obra en el espacio expositivo de una galería invitada a participar en ARCO u otras ferias o ser pieza preciada de los colecconistas y museos genera ciertas y valiosas oportunidades de ascenso económico y apuntalamiento de la fama entre la crítica y en el propio mercado del arte. Un mercado, en el sentido más estricto y mezquino del termino, donde prima, sobre todo, el beneficio económico y no la calidad del género que se vende y que lleva por su sistema sanguíneo un voluptuoso volumen de dinero que alimenta sucios intereses , falsas reputaciones e inflados prestigios, creaciones calculadas de modas y movimientos artísticos, y subordinaciones a las galerías y a la crítica, que en nada tienen que ver  con el artista como individuo que debe vivir y realizar un proyecto estético y elaborar el constructo intelectual que le sirva de armazón.

No es amor al arte lo que constituye el mercado del arte sino principalmente, fluido pecuniario, monetarismo bugués. No es, en manera alguna, una experiencia estética lo que motiva al artista ni lo que alimenta este organismo, apoyado por la crítica, una y otra vez. 

La crítica apoya al mercado del arte porque si éste en el pasado obtenía sus beneficios negociando con lo que no era arriesgado y emitiendo un mensaje de conservadurismo estético, de misoneísmo doctrinal e ideológico, ahora da por inevitable la fiebre especuladora; supone a los artistas y galeristas como promotores del riesgo estético, continuadores de la vanguardia de la primera mmitad del S.XX; y fundamenta su prestigio en no querer ver y descubrir que el rey está desnudo,. Con estos rasgos funcionales, lucrativos y conservadores, el mercado del arte se asemeja al mercado de valores común pero donde se negocia con lienzos y esculturas y donde los artistas desarrollan su obra, sin ideales ni espiritualidad alguna, sin ideología utópica, ni proyecto redentor que lo sustente. todo en nombre del poderoso caballero Don dinero.

¿Un prestigio y arriesgado artista? Esto ya no tiene importancia ni es creíble porque el artista de vanguardia pertenece al relato de los Ismos históricos y construía su obra con conceptos novedosos, discursos formales inéditos e intereses ajenos al comercio de su obra. Realizandola a los márgenes del mercado del arte y de los salones oficiales fundamentaba su prestigio. Sencillamente, el artista operaba como un individuo incontaminado, cuya característica fundamental era crear arte para un selecto y minoritario grupo de connosseurs y reformar la sociedad convirtiendo su obra, a la manera de una bomba revolocionaria, en explosivo atentado contra los valores establecidos.

La vanguardia histórica que tanto hizo por regenerar, con su transgresora mecánica, el artefacto académico heredado del S.XX y generar, a su vez, espacios estéticos libérrimos donde se podían expandir los espíritus artísticos más creativos, investigadores y progresistas, ahora, yace de cuerpo presente pero fenecida, embalsamada y expuestos sus resultados, como en sepulcros de lujo, en los museos de arte contemporáneo para, - la gran mayoría de las veces-, boba y aborregada contemplación de un público ignorante de su verdadera valía y, - las menos de las ocasiones-, fruición estética de los buenos y verdaderos aficionados de arte. A su vez esta momificada transgresión para el recuerdo de la Vanguardia artística permanece como una inmejorable coartada intelectual y crítica, de exacto engranaje argumentativo, para mantener enhiesto su negocio el todopoderoso e inevitable mercado de arte.

( Shakespeare )

sábado, 2 de junio de 2012

EL OCÉANO DE LA HISTORIA

                                                 
      Todo pasa, los ciclos geológicos, las estrellas, los imperios, los sistemas políticos, el ciclo de nuestras vidas.

Todo lo que existe, perece. Nada perdura para siempre. Si alguien fuera capaz de evitar caer en ese océano de la historia al que estamos destinados y vislumbrara desde la orilla lo que se depositó a lo largo del tiempo en sus fondos abisales, asistiría al gran espectáculo de la existencia. La implacable marea ha ido devorando durante milenios cordilleras que parecían invencibles, especies animales que impusieron su despótica presencia en la tierra, ciencias ya olvidadas, el alma de los guerreros que soñaron con conquistar el mundo, civilizaciones tragadas por las arenas de los desiertos y que desaparecieron junto a sus leyes, castas, ingenios, cosmogonías y secretos. También en esos fondos abisales está depositada la belleza de mujeres que enloquecieron a los hombres de su tiempo y que ya nadie recuerda, o sistemas filosóficos durante siglos vigentes que ya nadie practica.

Hace ya mucho tiempo que en los abismos de ese océano se depositó consumida la certeza en un Dios o la pretensión de encontrar un sentido a la vida. El indiferente oleaje ha devorado templos de mármol, bibliotecas antiquísimas consumidas por incendios, las ambiciones de Julio César, la duda de Descartes, guerras perdidas en la historia, antiguos cultos que adoraron dioses que parecían eternos.

Pero se dan casos en que lo que uno divisa desde la orilla vuelve al presente traído con la marea desde las tinieblas de los fondos del océano de lo acontecido. Entre el oleaje, cuya revuelta espuma confunde el análisis de los historiadores, reaparece el hombre y su naturaleza, sus antiguos deseos, ambiciones y delirios. Los sátrapas de la antiguedad personificados en los actuales, las mismas injusticias, las mismas guerras que perpetuan el signo criminal del hombre.

En esas reapariciones nos descubrimos con desasosiego a nosotros mismos. El océano de la historia regurgita mezclado lo que fuimos y aún somos y nos podemos ver repitiéndonos, a lo largo del tiempo, en nuestras pulsiones más primarias.

Todo pasa. Los imperios. Los sistemas. El ciclo de nuestras vidas. Todo muere y resucita. Instalados en el presente de la orilla nos encntramos en el punto de partida.

(Shakespeare)

viernes, 25 de mayo de 2012

HUMANIDAD

    La capacidad de arrepentirse se halla incrustada en lo más hondo de nuestra alma, es más, este rasgo es el que mejor confirma nuestra grandeza, nuestra excepcional cualidad de seres humanos. El sentimiento  de culpa es una emoción muy bien acepatada porque queremos creer en el hombre como sujeto social que acepta el imperio de las normas morales sobre sus pulsiones básicas. Me arrepiento luego soy hombre. En determinadas tesituras solo hay estas dos opciones: reconocer con valiente nobleza, con sincera autocrítica la falta cometida, la transgresión a nuestra excelsa humanidad, o practicar el cinismo, esconderse, escudarse tras una pantalla de rebuscadas argumentaciones para justificar la falta. En el ejercicio del libre albedrío cada cual puede escoger la forma de comportarse. Aunque la mayoría de las personas tienen fantasías violentas ( no se sientan culpables por ello), el asesinato, -y pese a las preocupantes cifras que la prensa da por violencia de género-, es una anomalía muy minoritaria en el comportamiento humano: elegimos ser pacíficos; aunque muchímos cargos públicos cuentan con la posibilidad de echar mano del dinero que les toca gestionar la mayor parte de ellos nunca lo hace: eligen la honradez; y aunque las oportunidades de conseguir una relación fuera de la pareja abundan muchas personas no la aprovechan: se elige la fidelidad. Qienes poseyendo ciertos valores o cierta conciencia transgreden la norma moral socialmente estableccida y usan la violencia o roban o son infieles, cuando se arrepientan erigirán una cualidad maravillosa: su sentimiento de culpa. Éste establecerá su inigualable humanidad. Me arrepiento luego soy hombre. Nada nos hace más humanos que cuando pedimos perdón y, por extensión, nada nos hace más humanos que cuando perdonamos. Te perdono luego soy hombre. El relato del hijo pródigo extiende aún su enseñanza. Incluso para los que no somos creyentes. Y esa parábola se revive hoy en cada uno de nosotros cuando perdonamos a los demás. Perdonar o sufrir nuestro rencor. El perdón es la única forma de apaciguar nuestro interior. No existe nada mejor. Nadie ha encontrado ninguna utilidad al rencor. Nadie sabe adónde lleva este sentimiento que no sea solo a un inhumano ejercicio de la amargura.

( Shakespeare )

viernes, 25 de marzo de 2011

DEL ARTE AL PRODUCTO DE CONSUMO

La estética de lo fácil, lo no exigente, lo efectista,  banal y vacuo domina en casi todos los ámbitos de la cultura actual. La filosofía de lo comercial y su consecuencia, -el producto cultural de consumo-, constituye el becerro de oro de la adoración de las productoras de cine, las cadenas de televisión, las galerías de arte y de muchas editoriales. Un becerro de oro a imagen y semejanza del alma materialista y superficial de nuestro tiempo.

El negocio, -solo justificado ideológicamente por el afán de lucro-, las campañas de marketing, el producto industrial y lo publicitado como obra de calidad han venido a sustituir a lo realmente excelente y elevado: el producto cultural que aspira a la belleza y a la verdad, a conocer algo más sobre el mundo y que busca interrogantes y no respuestas. Un producto que desfallece entre otras ofertas culturales de menor calidad pero comercialmente más extendidas y socialmente más consumidas, y que queda destinado a la condena del ostracismo en el gusto del ciudadano: un ser no dotado de criterio y que pica con facilidad en los cebos que le dispone el mercado cultural que como dice Vicente Verdú es " un mercado incomparablemente artero para sacar de la basura beneficio y de artículos tan malos como para llorar sus auténticos productos de último grito." 

De este lucrativo fenómeno que intercambia la digna obra de arte por el producto de consumo, tenemos ejemplos en los más variados frentes de la oferta cultural. Tanto en el mercado del arte actual, - donde el artista ha perdido su carácter combativo y épico convirtiendo su obra en una mera gestión comercial-, como en la decadente y cada vez más mediocre industria cinematográfica de Hollywood donde se realizan películas de incontestable brillantez formal, repletas de efectos especiales, con diseño espectacular, ritmo trepidante y gran desenfreno visual, pero donde es imposible ver un solo minuto de verdadero cine.

Apostar por el producto comercialmente seguro y despreciar lo que exija el más mínimo esfuerzo intelectual son los rasgos distintivos de nuestra industria de la cultura. Este mercantilismo de subproductos mediocres pero aparentes, que no superan ni el más elemental análisis crítico, pervierte al antaño prestigioso campo de la cultura y manifiesta, a todas luces, la cada vez más  creciente influencia social del poderoso  caballero don Dinero.


( Shakespeare )


viernes, 18 de marzo de 2011

LEER

                                                                                                                     "Leer es protestar contra las insuficiencias de la vida"
                                                                                                                                                               ;                                            MARIO VARGAS LLOSA

No sé de nadie sin hábito lector que se sienta superior a otras personas que si sean lectoras habituales, que no se acompleje cuando se enfrenta a la situación de contestar a la pregunta de si lee. Y aunque nunca he conocido ningún analfabeto, paradójicamente, si he conocido muchas personas reacias a la lectura. Sin embargo, cuando se tiene la costumbre de leer no existe actividad más placentera que esta.

Leer es aún hoy, por desgracia, una acción prestigiosa, elitista, pero que todo el mundo debiera realizar como praxis intelectual y espiritual. Sumergirse en un texto puede ser un método religioso de elevación personal. Dice Javier Cercas que "leer no es una experiencia separada de la vida, sino una experiencia como cualquier otra." Sí, leer es una experiencia que puede ser casi mística y que no se opone a la vida sino que complementa el hecho de vivir. Incluso lo justifica. Un mundo inhabitable sería aquel en que nadie lea. La lectura enriquece la vida, la vuelve más completa, la ensancha.

Pero si la lectura puede ser experiencia mística puede ser, también, catarsis y bálsamo. Cuando agobiados por el discurrir de la vida, decepcionados por su prosaísmo, vulgaridad y acuciante rutina, si lees, verás que la lectura construye otro mundo, que la literatura en su mentir ingenioso dignifica embelleciendo el mundo y la vida. Se llega a la lectura buscando evasión y buscando, también, apasionarse con la seducción imaginada que nos ofrece. Dice José María Merino: " La literatura es el instrumento que nos permite no solo viajar por la realidad que ven nuestros ojos, sino por la realidad de los sueños." Eso es quizás lo mejor y más hermoso de la literatura: crea una realidad en la que todo está permitido. Uno lee para alcanzar un espacio ficticio de libertad durante la vigilia, para conocer algo más sobre el mundo que nos es negado ver y que podemos encontrar en las ficciones de la literatura y, en definitiva, para vivir otras vidas que no son nuestra vida.

( Shakespeare )

lunes, 14 de marzo de 2011

DE LA IMAGEN A LA APARIENCIA

El único motivo real en el minucioso cultivo de la propia imagen pública es nuestra sociabilizadora pretensión de participar en el juego de las apariencias.Solo con la deconstrucción de este elaborado artificio de calculados rasgos tenemos acceso a observar el lado oculto de las personas. El individuo, mientras actúa como ente social, mientras convive en sociedad, se enmascara en el personaje que dibuja en el perímetro de su mismidad, de su mismo ser social. El individuo actúa, se muestra, interpreta con precisión su papel y en esa interpretación es difícil precisar su identidad personal verdadera.


Se da mucho esto con los uniformados funcionarios de cualquier administración o cuerpo que rigen su conducta por una reglada  normativa; o en los miembros de la casta eclesial que tras una máscara de puritanismo ocultan su comprensible por natural pero, para ellos, inconfesable deseo sexual; o en los políticos de carrera que fingen tanto una simpática personalidad como una vocación de servicio a la sociedad; o, por último, en los ostentadores de una elegancia en el vestir pero cuya psicología describe una colección de rasgos personales muy poco elegantes.



Se ha considerado la imagen como una necesidad puesto que cumple una función práctica comunicativa: hace como que se posee la personalidad que se desea mostrar a través de la ficción que se muestra públicamente. La imagen personal, interpretada de este modo, es una herramienta que llega a ser patología cuando por su dependencia esclaviza al sujeto y llega a ser estupidez cuando por su estridencia o esnobismo muestra a las claras la narcisista o aborregada condición del individuo. Esto último es el caso del mostrarse en sociedad de las tribus urbanas juveniles siempre pendientes del ser mirados. Pero, más allá de esto, la imagen se manifiesta imperiosa, general, contextualizada mucho más en el superficial presente de lo que lo estuvo en el pretérito. Todo ello, además, entre un amoral vacío de valores reales que por efecto de su preponderancia destila un cinismo de campeonato.


( Shakespeare )

viernes, 4 de marzo de 2011

MI CINE


                                                                                                                      "Las películas nunca han de ser más importantes que las personas que van a verlas."
                                                                                                                                                                                                              STANLEY DONEN


Me gustan los directores de cine que respetan al espectador y que evitan, humildemente, situarse por encima de él; que no quieren convertirse en popes de la trascendencia y ejercitar, fatuos,  una altiva condición de cineasta-artista; que no se toman en serio a sí mismos y no se paseen por el mundo convencidos de su propia importancia y de su altura intelectual; que no están interesados de dirigir sus películas a un público selecto degustador de contenidos pretendidamente intelectuales y si a un público común al que no tratan de aleccionar con un cine de penetrante mensaje; que no crean que la larga duración, la solemnidad y la lentitud sean sinónimos de profundidad; que piensan que su primer compromiso es con el entretenimiento y que no consideran, por ejemplo, escapista el sentido del humor.

Admiro hasta el tuétano las inteligentes comedias de Ernst Lubitsch, los alegres musicales de Stanley Donen, la sentimental poética de John Ford, el vitriolo de los ingeniosos y chispeantes diálogos de los personajes de Howard Hawks y Billy Wilder, la inteligente enseñanza sicólogica que desprende el celuloide rodado por Mankiewicz, la pasión incandescente y humanista de los samurais de Akira Kurosawa, la conmovedora ternura de Charles Chaplin, o la audacia, sensibilidad, brillantez y complejidad sin pedantería del surrealismo de Luis Buñuel. 

Directores de un cine inteligente y no intelectual. Más sencillo, más limpio y veraz. Con personajes de carne y hueso. Cine que atrapa, que engancha, que entretiene y que no es un mero ejercicio de vacuidad hinchado en una suerte de intelectualismo solemne. En muchas ocasiones, este cine es mucho más complejo y contiene más cargas de profundidad de lo que parece. Es un cine que reconcilió comercialidad y calidad, que demostró que la taquilla no está reñida con el arte y que llenar el patio de butacas no rebaja las exigencias de calidad de una película. Cine que ni gusta de ver crecer la hierba ni tampoco gusta  de revolver el agua de la charca para que esta parezca más profunda.

En definitiva: cine clásico en toda la grandeza de la expresión. El cine que se rodó en la edad de oro de este medio de expresión artística. Cine maravilloso e irrepetible. El cine que amo. El cine de mi vida. Mi cine.


( Shakespeare )


sábado, 26 de febrero de 2011

VERDE QUE NO TE QUIERO VERDE

¡Alerta! ¡Tierra enviando un S.O.S. hacia el interior del espacio interestelar! Sufrimos una invasión de hombrecillos verdes. Pero no se trata de los característicos marcianos con antenitas en una enorme cabeza, nariz en forma de trompetilla y una pistola de rayos como  inseparable arma. Estos hombrecillos verdes están entre nosotros; pero, no crean, tampoco se trata de usurpadores de cuerpos.

Los lectores los reconocerán si les digo que se trata de aquellos que no duermen tranquilos cuando, como decía Ovidio, les parece que las ubres de las vacas del vecino dan más leche que las vacas propias. Seguro que el lector perspicaz la ha pillado fácilmente: me estoy refiriendo a los envidiosos.

A mí siempre me ha parecido no tener ninguna cualidad sobresaliente sobre el común de las personas, pero he aquí que a lo largo de mi vida me he encontrado el camino sembrado de una porción de envidiosos. Lo que me hace pensar en que a estos hombrecillos verdes les basta una apariencia de mérito más que un motivo real.

Mi comportamiento, caballeroso, ha sido siempre el de querer convencerles, mediante el procedimiento de autodevaluarme, que no tengo nada de envidiable, pero ha sido un vano intento debido a la misma naturaleza de la pasión que les abruma. Sonríen un momento de satisfacción, y después vuelven por el mismo derrotero más pronto que tarde.

Lo que siempre me ha repugnado de los envidiosos es que se pongan la toga del juez y hagan que defienden el interés de la mayoría contra un supuesto malhechor, para así atraer las voluntades de todos a una conspiración con la que tratan de derribar al  causante de su envidia que, generalmente, ni se las huele.

Estos individuos, lejos de curarse o proponerse algo constructivo en su vida que les saque del hondo pozo donde han caído, solo arman asechanzas. Esto les convierte en envidiosos peligrosos. Se les reconoce porque permanecen en silencio y nunca delatan su pasión. Pero como a la envidia no hay que tenerla ni temerla, lo mejor es estar siempre atento y desenmascarar al envidioso delante de todos con un solo golpe que le deje K.O.

Esto es algo que al envidioso le desarma porque su pasión es tímida y se ha presentado siempre disfrazada en sociedad ( frecuentemente de crítico difícil de contentar) para no tener que reconocer sus sentimientos de inferioridad, fracaso y frustración de los que no obtiene ningún provecho y solo desazón.

Si le ocurre que tiende con frecuencia a generar envidia y el número de envidiosos le sobrepasan, haga cuenta de que a quien nadie envidia no es feliz y que la envidia es, a su modo, la mayor alabanza que nos pueden hacer por un mérito personal  que quizá había pasado desapercibido antes nuestros propios ojos.


(Goldberg)

viernes, 25 de febrero de 2011

A FAVOR DE LA CULTURA

La cultura es, -en la época vulgar y superficial que nos ha tocado vivir-, un elemento notable de la imagen personal en sociedad. Es decir, las personas en posesión de una cultivada formación producen en la Masa un fascinador aprecio o una acomplejada envidia y en sus poseedores el placer de manifestar en público un ilustre estilo de personalidad, de calidad mental, de originalidad, de distinción en las formas y de brillantez, al alzar y dilatar la vida en una suerte de ejercicio de enriquecimiento intelectual.

En una época pretérita, no hace demasiado tiempo, época atrasada anterior a nuestra actual  sociedad de consumo, época de desescolarización y mucho analfabetismo, de escasas bibliotecas y museos, de precarias tecnologías y mayor papanatismo popular, el sujeto culto aparecía ante la embobada ignorancia de muchos como ser dotado de un inalcanzable don, o como si se tratara de un miembro de una élite encumbrada, de una privilegiada y aristocrática clase social o, por el contrario, aparecía ante la arrogante imbecilidad de otros iletrados como un rara avis, una especie de disminuido social al que se descalificaba diciendo: "Bah, es un intelectual."

La posesión de cultura por algunos mostraba un enfrentamiento entre riqueza e indigencia mental que, desgraciadamente, no ha perdido su vigencia pese a que la Masa, -siempre aborregada frente al televisor e intelectualmente satisfecha en el consumo de cultura popular-, haya ido incorporándole al mundo universitario y a medida que la sociedad de bienestar ha permitido la igualación de oportunidades en la adquisición de cultura. Hoy día, como antaño, pese a la democratización de la cultura y la enseñanza y sin pronóstico de mejora, se sigue ninguneando los grandes nombres de la excelencia cultural y artística y se sigue sin practicar mayoritariamente el hábito de la lectura. Puede hasta darse el caso de que se consiguen licenciaturas universitarias sin el requisito o la exigencia de leer un solo libro completo en toda la carrera.

Leer, escribir, pensar o discutir intelectualmente no causa perjuicio de ningún tipo en el discurrir vital. Por el contrario, las personas que buscan formarse, los estudiosos e inquietos intelectualmente dan muestras de una atractiva y singularizada imagen y pueden hacer alarde de su capacidad intelectiva, de su lucidez mental y de una entrenada capacidad de argumentar y razonar sus opiniones, -ideológicas o no-, sentimientos, pensamientos y percepción del mundo.


( Shakespeare )


viernes, 18 de febrero de 2011

UNA NATURALEZA MUTABLE

El hombre y su realidad se manifiestan de muchas formas distintas: meridianas, oscuras, genéticas o ambientales, racionales o sentimentales, malvadas o bondadosas, con grandeza o miseria, de manera espúrea o desinteresada. Con este repertorio de múltiples facetas nadie puede arriesgarse hoy día a elaborar una reflexión que sintetice la naturaleza del hombre en una única realidad. De manifestar poliédrica su singularidad se ha encargado la moderna psicología pero podríamos retrotraernos muchos siglos atrás con la reveladora intención de descubrir de forma diáfana esa inequívoca verdad en los clásicos de la literatura.

Pero no hay siquiera una inamovible aunque contradictoria naturaleza. Toda realidad es mutabilidad, transformación. Toda biografía es camino de transición. Todo retrato es devenir, eclosión, un organismo transido de movimiento, organizado sobre el territorio de la evolución, que convierte su aparente perfil de quietud en un relato de pura movilidad.

Nos manifestamos incoherentemente, contradictoriamente. El hombre se reinventa de forma insconciente. Se reinventa resquebrajando y recomponiendo su inimitable, ilógica y, por tanto, maravillosa naturaleza. Nos transformamos, evolucionamos y nos mimetizamos invariablemente en el signo de la realidad, también multiforme y compleja.


( Shakespeare )

viernes, 11 de febrero de 2011

EL SUJETO CULPABLE

¿Cómo realizar un examen de conciencia si se carece de autocrítica, si no se posee la capacidad de colocarse en el disparadero? A decir verdad, todo ejercicio de autoanálisis moral, público o privado, hablado o meditado, nos sitúa ante el examen de nuestra humanidad y nuestro verdadero valor como sujetos morales. Nos eleva o nos denigra según el grado de ahondamiento que practicamos en nosotros mismos. Somos ciegos perpetuos a nuestros errores. Cuando nos vemos en el trance de revisarnos, de fustigar la consecuencia de nuestros actos, nos creemos en  la autocomplaciente situación de estar liberados de su amoralidad. Libres para obrar pero inevitablemente atrapados en una cárcel de convenciones. Amos de nosotros mismos pero deudores del juego social y moral.

Por consecuencia, toda pretensión de actuar en sociedad requiere una concienciación del sujeto, pero ¿cómo podrá este concienciarse sin levantar el edificio de un constructo moral, una imperativa y rígida narración ética consensuada socialmente?

Pero además, ¿de qué forma levantar una base ética en que todas las conciencias abreven?, y ¿cómo consensuarlas todas? No hay forma. Puede que este fracaso sea la única manera posible de contentar a todos no contentando a nadie y permita un ajuste normativo del engranaje social.

Este mecanismo levanta con su vaguedad y multiplicidad el horizonte mental y conceptual del sujeto mientras sus palancas (la conciencia y la autocrítica) vienen a ser unos imprescindibles y valiosos instrumentos de crecimiento personal o un evanescente gesto de hipócrita apariencia en el teatro de representaciones social.


( Shakespeare )

viernes, 4 de febrero de 2011

EL TERRITORIO DE LA SUPERFICIALIDAD

La fascinación por la novedad, el lucro como meta vital, la originalidad por la originalidad, lo hortera, lo efímero y el narcisismo son los fundamentos conceptuales de este momento. Así, de igual forma que la idiosincrasia de la sociedad y su mentalidad revertieron a mediados del siglo XX los valores éticos y estéticos, ambos devenieron a rodar en la autocomplaciente superficie de otro territorio mental apartado y delimitado con rotundidad del ámbito normativo en que se fundamentó el sistema de apreciación ético y estético anterior y su mecanismo de ideas formado y heredado de siglos atrás.

Esta reflexión, que busca ser neutra, está relacionada y viene a colación con la distinta apreciación de lo bello y lo vulgar, lo verdadero y la apariencia, la espiritualidad y el materialismo, lo correcto y lo incorrecto y, en resumen, con el talante del actual sistema vaorativo dado que el anterior se haya en ruinas y sin una posible y benéfica restauración que lo socorra

Fundamento básico de nuestro tiempo, -y como consecuencia de su ramplona vacuidad-, es la recalcitrante generalización de la superficialidad. Tanto en los contenidos de la televisión o Internet, en las relaciones con los demás, en el cultivo de la propia imagen o en el consumo cultural, la supreficilaidad se extiende como la espuma en una época caracterizada por la religión del consumo y que profesa una devota adoración por el dios Mercado.

En el orden valorativo anterior, cuando había que elegir entre diferentes opciones vitales y estéticas, el sistema de valores ofrecía entre su ramaje un rígido surtido de soluciones para ello. No cabía el relativismo moral, ni el escepticismo intelectual, ni la estridencia en la imagen o el gusto, ni otra salida de lo establecido en la Masa que siempre se nutría una y otra vez de los frutos de lo aceptado como norma. A cambio de la aceptación de este constructo cultural y moral todo el mundo contaba con el marchamo de la consideración social de formalidad y buen gusto.

Ahora el orden ético y estético es otro, -las cosas no son tan absolutas-, y lo profundo en los modos y comportamientos, tan restringido en su declive, se ha convertido en un profeta que predica en el desierto y la superficialidad, tan satisfecha y fascinadora en su auge, ha convertido en ídolos intocables y todopoderosos el culto a la belleza y al dinero, la obsesión por la propia imagen, la búsqueda de la fama a toda costa -y no del éxito profesional-  y el gusto por las apariencias.


( Shakespeare )

viernes, 21 de enero de 2011

LA LIBERTAD COMO CAPRICHO

    
   "La moral está abierta a la religión, pero posee un estatus propio,
 filosófico y no necesariamente religioso."

                                                                                                                                                                                                                             J.L.ARANGUREN


Lo más llamativo, lo verdaderamente desolador cuando se observa los modos y comportamientos de la Masa, -en el contemporáneo clima de anomia moral y degradación cultural de nuestra liberada sociedad-, es su manifestación autista y autocomplaciente. La mercantilización hasta de las vidas, la desaparición de la cortesía,  un materialismo obsceno, la vulgaridad estética o la idiotización social conviven con éxito entre la Masa hasta constituirse en señas de identidad tan arraigadas que han venido a sustituir a los antiguos y ya extintos valores.


Cuando se manifiesta de forma generalizada que se es libre para hacer lo que se quiera se comprueba lo veleidoso de la sociedad y se pone en evidencia la misérrima bajeza de si idiosincrasia. Se olvida que hoy, como siempre, hay reglas que respetar para participar en el juego de la vida. Como las nuevas tendencias en imagen personal que se quitan el yugo de la convención en el vestuario, el habla o el diseño de los peinados e imponen sus estéticas aberrantes de modas rupturistas para instalar su libérrima vulgaridad nuestra época ha escogido un pulso nuevo y late, como si se tratara del corazón de una muchacha alocada, para poder desarrollar su funcionamiento anomalístico y caprichoso que se encapricha, a su vez, con elevar un fatuo elogio a la liberación como máscara de su verdadera naturaleza: el cinismo.


La coartada de la liberación frente a las antiguas represiones de otras épocas anteriores sirven a muchos como justificación moral frente a los demás , pero sus actuaciones regidas por el capricho no muestran otra cosa sino toda ausencia de un discurso ético válido y convincente. Porque no exista una entidad metafísica sancionadora no se debe deducir imperativamente el estado de laxitud moral actual y la culminación de la máxima del "todo vale" como promesa de realización personal. Que no haya pecado no quiere decir que no haya falta.


Pero la falta ética no tiene castigo alguno, - ni eterno, ni legal-, y la Masa se ve libre de ataduras para actuar con impunidad absoluta porque su ejercicio se desarrolla en los ámbitos de lo tolerado y casi establecido como modelo de comportamiento.


( Shakespeare )

viernes, 14 de enero de 2011

EL OCASO DE LA EXCELENCIA

Creíamos que el éxito era una cosa y que la excelencia otra y nos encontramos en que la Masa dirigida por las campañas publicitarias los confunde. Pero por mucho éxito comercial que puedan tener o por muchas cualidades que una falaz publicidad se empeñe en inventar para mostrarlos como productos culturales de incuestionable calidad semejante a la que tienen los grandes títulos de la literatura, los filmes clásicos o demás grandes obras del espíritu humano, no se ha podido conquistar la fortaleza en la que los popes de la excelencia se han refugiado para soportar el auge impertinente de la muy actual tendencia que convierte en objeto de consumo desde la literatura hasta la comida y desde el arte hasta el matrimonio.

Ahora, esos popes de la excelencia y sus adláteres tendrán que atrincherarse más aún en su fortaleza y cavar zanjas en su derredor para hacer soportable el cada vez más poderoso asedio y evitarse así reconocer que los productos de consumo cultural se devalúan cada vez más hacia el detrito de lo paupérrimo y desde la relevancia cultural y espiritual hasta la mera consumición.


Por donde se mire se puede ver muestras de este derrumbe cultural, su reducción a mero producto de consumo en detrimento de su calidad. Se exponen en los estantes y mesas de las librerías numerosos ejemplos de obras pseudofilosóficas o pseudoliterarias; se promociona y publicita una oferta musical light, -en Jazz y música clásica-, con pretensiones de música verdaderamente culta; y se proyectan, en las salas de cine, filmes vacíos de todo contenido sustancioso para ser deglutidos acríticamente,- como si se tratara de una fast food cultural- por una masa estúpida y conformista sin más referencia vital que la diversión. Una alta cultura devenida en una cultura popular de lo fácil y lo inmediato, lo accesible, lo depreciado, lo pervertido por el comercio y sin más criterio de calidad que el éxito. Un sistema cultural industrializado y de mercado donde prevalece lo rebajado, la promoción de lo meramente entretenido y lo no arriesgado. La exigencia de esfuerzo consustancial a los productos de la alta jerarquía cultural, -antiguos baluartes de la excelencia-, se sustituyen por el subproducto evasivo como placer consumista y que, en ocasiones, bajo la pátina de lo elitista esconde las maneras de lo insignificante.


( Shakespeare )

viernes, 7 de enero de 2011

POESÍA CONTRA FILOSOFÍA

        El poeta ama la existencia. El filósofo, en cambio, se extraña y discurre ante ella pero no la ama. Ambos se sienten invitado a crear desde ella pero mientras la poesía es una experiencia que se recrea en la belleza del mundo, - una experiencia que experimentan tanto el autor de los versos como el lector-, la filosofía es una ciencia, una ciencia de la reflexión, un discurrir complejo que también es una experiencia, si se quiere, pero con el concepto como combustible primordial. Donde el poeta experimenta gozo estético el filósofo experimenta gozo intelectual.

El poeta se impresiona ante el esplendor de cuanto existe mientras la existencia para el filósofo es el motivo de un análisis sosegado. La existencia es el Todo, y con sus interrogaciones sobre ella el filósofo construye sus teorías. Teorías no exentas de dudas porque el filósofo que es verdaderamente filósofo siempre duda. Al contrario, el poeta se apoya en la certeza: la certeza en la belleza del mundo y la belleza de la poesía.

Como punto en común, filósofo y poeta, reducen la realidad a lenguaje. Un lenguaje que atrapa tanto lo tangible como lo intangible. En el filósofo, el lenguaje, es la herramienta de su capacidad razonadora. Pero donde el filósofo pone Razón (el pensamiento) el poeta opone Emoción, una praxis sentimental, que si se piensa tiene como resultado otra realidad: la realidad poética, ajena a la realidad misma y, a su vez al ser experimentada, parte de ella.

Otro elemento que comparten el filósofo y el poeta es su aspiración a la Verdad. El filósofo siempre fracasa en esta aspiración. Su única aspiración, al final, es la de ser lúcido pues la lucidez es la forma más incisiva de aproximarse a la Verdad. El poeta, por el contrario, cree haber alcanzado la Verdad. La Verdad es lo bello y la Belleza está, para él, en la poesía.


( Shakespeare )



domingo, 2 de enero de 2011

EL INDIVIDUO COMO PARADIGMA

El individuo desea manifestar su individualidad y tanto cuando atiende de forma onanista a las prestaciones de su teléfono móvil o su IPod, practica footing o escribe en un blog los momentos de su vida diaria, muestra su afán de mostrarse diferenciado. Vivimos en sociedad, somos seres sociales, pero recalcando nuestros modos y haceres, opiniones y estéticas, con complacencia de sujeto que se quiere significar.

Nos aproximamos a los demás pero subrayando lo que nos distingue de los demás. Buscamos su compañía pero sin comprometer nuestra diferencia. No queremos ser uno con el todo. Aún integrado en la Masa, el individuo afirma su orgullosa e inevitable soledad.

No hay nada de revolucionario en ello. El individualismo siempre existió, aunque solapado bajo el sistema de costumbres y el mecanismo, homogéneo y gregario, de una cultura tribal; o bajo los acartonados ropajes religiosamente integristas de las sociedades medievales. Fue en la modernidad con su diseño capitalista del hombre emprendedor y autorrelizado ,-el "Self made man" de la cultura norteamericana-, cuando el deseo de triunfo como meta vital promovió la necesidad de un quebrantamiento de las cadenas que le ataban al grupo y, a su vez, un ensalzamiento de su unicidad, inequívoca y sobresaliente, frente a cualquier integración económica e ideológica. El individuo llegó, así, a ser el paradigma, un modelo de existencia concienciada de sí misma y cada vez más extendida. Un individuo que se muestra elevado por el logro de su afirmación, diferenciado de la masa por el deseo existencial de pronunciar su mismidad y alejado de las ataduras unificadoras que le impiden construirse libremente.

Políticamente, como valor puramente Occidental, el individualismo es la expresión pormenorizada del sujeto democrático entendido en su plenitud y máxima extensión y ha creado para la idea democrática, -con su atractiva cualidad de indenpendencia vital-, el caldo de cultivo propicio para su apuntalamiento y propagación en los últimos 250 años.

Al automatismo del sujeto totalitario se opone y se impone, ya, definitivamente vencedora, la ideología de la propia identidad que  promulga el individualismo: un paradigma sin oposición.


( Shakespeare )

viernes, 24 de diciembre de 2010

UN NUEVO ABANICO

 Curiosamente, mientras  nos dolemos por una situación de ausencia de valores en el actual almacen moral de la sociedad, su escaparate ofrece , más que nunca, un repleto surtido de modelos de comportamiento y productos éticos al gusto del consumidor y del sentido estético con el que cultiva su propia imagen y dibuja el retrato de representaciones con el que se expone a los demás. No faltan valores, sino que sobran. En el puzzle moral de actuaciones que configura el rostro de nuestra sociedad, por numerosos que sean, los huecos se hallan convenientemente ocupados como para poder ya considerarlo un mecanismo tan, completamente, estudiado y finalizado que imposibilita poder retocarlo más.

La sensación de falta de valores no procede, pues, de su ausencia misma sino de la irrevocable desaparición de los antiguos aniquilados por la apabullante aparición de los nuevos. Esta sensación de falta hace referencia a la perdida de representación social de la creencia en una entidad supraterrenal sancionadora y, a la vez, de la disipación de la también escatológica fe en la historia y su busqueda de una sociedad mejor.

Los variados focos de apoyatura ética de la sociedad confirman un amplio abanico de opciones: desde el ecologismo o animalismo hasta el apadrinamiento de niños del tercer mundo; y desde el hedonismo como expresión existencial hasta el rescate de monumentos ruinosos. No es, por tanto, la ausencia de valores sino los contenidos de esos nuevos valores del abanico los que mostrando déficit de la espiritualidad y del sentido utópico de los antiguos pueden crear el espejismo de su ausencia.

En cuanto a la Masa, se manifiesta cada vez más individualizada. Cuanto mayor es su tamaño más enconada es la pretensión del individuo por singularizarse olvidado ya su gregarismo de rebaño, -espiritual e ideológico-, reemplazado ahora por el original uso de la nueva escala en valores y comportamientos.

( Shakespeare )

domingo, 19 de diciembre de 2010

SOBRE EL COTILLEO

Alrededor de la mesa de una cafetería, en un encuentro casual en la calle, en una hora libre entre dos clases universitarias, ante el televisor o la pantalla del odenador, en la sobremesa de una comida de negocios o a la puerta de una iglesia tras la misa, antes o después, se da el cotilleo. El morbo, la incultura, el gusto por la información baladí son los elementos con que rellenamos los huecos de una vida insatisfactoria, vacía de experiencias gratificantes; infectada por la suciedad verbal del cotilleo: el grado más tolerable y socialmente aceptado de bajeza.

Aquello que inevitablemente y con voluptuosa asiduidad nos brota como inmundicia verbal no entraña riesgo personal o intelectual alguno. El rumor elabora su propia carcasa de aceptación cuando es parte insustituible del trato social; posee sus propias armas y defensas. Forma, finalmente, la hebra profunda con que se teje una conversación exiliada de cualquier intención edificante, El chismoso y su pretensión de protagonismo, el resaltar de la acción difamadora y sus inmundos resortes de placer mientras se habla o escucha, levantan la estructura con que se eleva el edificio de la banalidad con sus distintas alturas de intrascendencia y maledicencia.

El grado de desnivel que se da entre lo tolerable e  intolerable como tema de conversación se alza entre diferentes percepciones de su pertinencia y moralidad; entre opiniones de muy diferentes componentes personales y valoraciones morales. Concretamente, el cotilleo goza socialmente de una alto grado de aceptación cuando, máxime, en la teoría se establece un desprecio de su práctica. Existen, sin embargo, gloriosas excepciones con visos de excentricidad, personas que sin propósito morboso alguno pueden establecer una conversación fluida y sin mácula de chismorreo. Sus comentarios fulgen en su pureza de contenido pero son desplazados y arrinconados cuando surge el comentario roñoso en el que el cotilla funde lo pulcro con la práctica viciosa del cotilleo.

Esta persona no cotilla, eminentemente elevada, propietaria de una pulcritud inmaculada en el habla, lo es de forma consciente y como acto volitivo de renuncia a la infame práctica de lo morboso. Aspira a alcanzar un decoro verbal celeste alejado de una perfecta mundanería que se rebaja y arrastra  en una palabrería excremental. De hecho, las charlas y situaciones que domina se convierten en momentos que deleitan no sólo al oído sino a un fruitivo sentido de la estética que se muestra para denigrar la fealdad moral de los cotillas. De lo dicho se deduce que el cotilleo se diferencia de la pulcritud oral porque mientras el cotilleo es en esencia un acto, la pulcritud oral es la consecuencia de una inacción. Se es pulcro como una manera elevada de no rebajarse a la mundanería y como consecuencia de una ética que se cumple con el silencio.

Esforzadamente, toda pulcritud oral debe necesitar del esmero, la toma de conciencia, la contención, como también de la elaboración diaria, la corrección moral, y la vigilancia; pero, gratificadoramente, este paquete de prácticas se disuelve en la belleza de las buenas formas que constituye, de manera inevitable, este cuidado ejercicio de elegancia de quien no habla de lo que no es asunto suyo.



( Shakespeare )

viernes, 10 de diciembre de 2010

EL TRIUNFO DE LA FAMA


                                                                                                                                                                                                           "La fama es la gloria en calderilla."
                                                                                                                                                                                                                   VÍCTOR HUGO


          Una nueva religión unida a un indisimulado afán lucrativo ha venido a copar la mente de la Masa. Tan extendida se presenta esta religión que se ha constituido en aspiración vital máxima de una ingente caterva de indocumentados que cuando la alcanzan consideran su vida anterior como un injusto y sufrido tránsito a la auténtica, su nueva realidad mediática. Ejemplos sobrados de esta excrecencia del mundo de las comunicaciones se encuentra entre los personajillos surgidos, por ejemplo, en los distintos reality-shows televisivos. La implantación de esta fe popular, introducida aparatosamente en la actualidad social del siglo XXI invierte la estructura de valores que sostuvieron y dieron corpus ético a la antigua y desaparecida sociedad heredada por Occidente desde el final del Imperio romano. Esta religión de lo inmediato,  lo materialista, lo banal y lo vulgar ha trastocado las relaciones entre mérito y éxito, y entre valor y precio y ha propiciado el intercambio de las antiguamente prestigiosas personalidades públicas por el abyecto personaje mediático.

          A esto de añade que todas las manifestaciones de esta religión en el mundo de la moda, el Rock, la Televisión, el cine o Internet generan una subcultura de la imagen en la que, además, de prescindirse de los valores éticos clásicos se menosprecia el cultivo de la dificultad y la exigencia de la calidad y de lo inteligente imponiendo una dictadura de la apariencia que tiene su máxima expresión en la multiplicación de las clínicas y operaciones de cirugía estetica. Facilidad, belleza, dinero, juventud y frivolidad son vértebras mantenedoras de esta deformada anatomía del estrellato mediático. ¿Cómo no entender, cabalmente, que esta promesa de flashes y focos, de beneficios fáciles y griterío, de incultura y anomia moral no se propague como la pólvora?

          Ahora mismo entre los que estrenan su juventud aún ajenos al mundo de las responsabilidades adultas se advierte esta metástasis social del famoseo inmerecido. Frente al paraíso de la alta cultura y los prestigios basados en le esfuerzo, contra la dificultad del ejercicio profesional: el triunfo voraz de la fama, del ser famoso como realización personal y bien supremo, la sublimación de la facilidad y de lo inmediato. Una fama que entiende y subraya la vida como el apogeo del aquí y el ahora y que ha renunciado desde el principio a la perdurabilidad del éxito alcanzado más allá de esta vida. ¿Qué es esta sed de vano estrellato sino la negación del verdadero reconocimiento de una gloria alzada sobre el pedestal de los talentos? 

          Las críticas vertidas a esta nueva religión siempre se apoyaron en incontestables razones que evidenciaban su nulidad cultural y ética pero ¿cómo no sentirse derrotado en la crítica a esta abyección ante la propagación como pandemia de esta promesa de éxito fácil que trastoca el antiguo valor de lo meritorio y ofrece el todo por nada, la satisfación inmediata de lo material y de los egos con el único esfuerzo de mostrar públicamente una orgullosa ignorancia, un afán narcisista de notoriedad y una apología de lo inmerecido? Así, figuras que de otro modo vagarían en un paraje de anonimato, abandonan ese territorio de nadería y acceden hasta un altar excremental de difusión mediática transladando consigo su innumerable mediocridad.

         Tiene este fenómeno precedentes abundantes este siglo: desde los grafiteros que desde hace tres décadas se reivindican garabatenado superficies en calles y metros hasta el boom comercial del arte posmoderno que reivindica la juventud artística como paradigma de lo valioso y, más allá, en el fenómeno del arte Pop de los años sesenta del siglo pasado que elevó a la categoría de icono cultural a algún artista cuya obra ni propone un discurso intelectual de valía ni desarrolla un sentido artístico basado en el talento sino sólo en la autopromoción y la vanidad.

          El último tipo de personaje incorporado a esta plataforma de lo inmerecidamente famoso y nulamente cultural se ha revelado entre la oferta de propuestas de Internet. Muchos y suficientes ejemplos de este carácter hacen pensar que su propagación no se deriva de una moda pasajera sino que refuerza el apuntalamiento de un fenómeno sin usos de desaparecer prontamente. Fenómeno inextinguible si se piensa, además, que esta notable transformación social se basa en un nuevo orden que la demanda. Me temo que no hará más que asentarse a perpetuidad y que quizás se propaguen a la esfera identitaria de otros ecosistemas culturales.



( Shakespeare )